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Poesía Contemporánea III: Luís Artigue y Antonio Maldonado

Marzo 14, 2017

Tercera entrega de mi recopilación de poetas contemporáneos que me gustan. Hoy os quiero presentar a dos hombres con estilos muy antagónicos, pero idéntica sensibilidad y sentido de la literatura: Luís Artigue y Antonio Maldonado.

Hablar del primero de ellos, Luís Artigue, implica hablar de prosa poética.

La poesía en prosa ha sido un tipo de obra lírica tradicionalmente denostado, como si por no usar la forma del verso (más típica, por otro lado) no estuviéramos, al fin y al cabo, expresando las mismas cosas.

Arthur Rimbaud demostró ya en Une saison en enfer que utilizar la prosa como medio de expresión para la lírica podía ser algo brutalmente acertado. Maestras de la prosa poética como Alejandra Pizarnik sólo han venido a corroborarlo después.

Conocí la obra de Luís Artigue en 2012, cuando encontré por casualidad su libro La noche del eclipse, tú (ganadora del Fray Luís de León en 2010) en una biblioteca de León; a la sazón, provincia de nacimiento del propio poeta y de la cual mi familia es también originaria. Enseguida capté algo único en su forma de describir el mundo, como a continuación podréis ver vosotr@s mism@s.

A Antonio Maldonado, poeta manchego y amigo, le conocí hace poco más de un año, y fue él mismo el que me introdujo en su mundo poético regalándome Cementerio de barcos (algo de lo que no puedo estar más agradecido). A lo largo de los años he conocido a multitud de gente que escribe o quiere escribir (especialmente poesía), pero en Antonio se puede entrever un halo literario clásico que parece entroncarlo con la más tradicional estirpe de poetas españoles. Leer y degustar su poemario fue una forma de convencerme de que se puede ser joven, tener aspiraciones poéticas… y escribir bien de una forma más o menos convencional.

Que os aproveche ;)

Luis Artigue (La noche del eclipse tú, Visor, 2010)

EL BOSQUE

¿Vendrás conmigo a esa demarcación misteriosa en la que crecí; pequeño pueblo abierto al cielo en el que aprendí a fijarme con detenimiento en el dibujo del mundo?

Allí cada palabra se asienta en sí misma como un buda.

En el promontorio embarrancado desde el cual el bosque y su reflejo sobre el agua del río son una unidad vital, cierta línea envolvente hace de la belleza algo más que una impronta.

Aprenderemos juntos sobre la dignidad y la suficiencia al contemplar en otoño esos árboles que, aunque despojados, desafían al cielo con la cabeza alta…

La estructura delicada de lo que germina.

La belleza compartida que todo lo trastoca.

Nos sentaremos en algún trono de piedra improvisado y recordaré gracias a tus rasgos, a tu rastro, que la poesía nos invita a establecer una nueva intimidad con el origen. Ese tecnicolor primitivo remitirá a mi infancia de la que te hablaré, pues más allá de todo silencio íntimo está el expresivo encuentro de las conciencias.

Te diré sin decirlo que mi padre es mi estrella polar.

La brisa húmeda nos castigará con su látigo de juguete…

Y entraremos en el bosque.

Quiero creer que adentrarnos en lo real hasta la confusión de las formas nos ayudará a descubrir un nuevo espesor que conduzca a la ley secreta de las emociones.

Juntos igual que traficantes de recuerdos percibiendo así como el otoño es un enemigo hermoso que conoce la clemencia.

Sí, juntos entre la pureza adicional de la luz –aunque la naturaleza prefiera que cada uno la ame a su modo- miraremos un árbol hasta hacernos semilla.

Y disfrutaremos como quienes han sido citados en una parábola como ejemplo de cualquier cosa.

 

Antonio Maldonado (Cementerio de barcos, La Calle, 2016)

VEINTIÚN GRAMOS EXILIADOS

 

Somos la pequeña gota de un grifo gélido

que cede sus hijos a la tierra.

 

Mundo, mundo, uno a uno te vas llevando.

 

Se van envueltos en aire de tergal

y arañan el ayer

sus veintiún gramos exiliados.

 

Las cosas por hacer son dagas

en la boca de un faquir hambriento.

Camina sobre coronas de flores,

acaricia con manos de sangre

y mira a través de escarabajos inertes

clavados en tu pelo.

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