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Poesía Contemporánea IV: Elena Medel e Ignacio Vleming

Julio 11, 2017

Conocí la existencia de Elena Medel sobre el año 2006, después de la publicación de su poemario Mi primer bikini. Como ya avancé cuando os hablé de Yolanda Castaño, las vi a las dos juntas participando en un programa de televisión de La2 de TVE, donde estaban hablando de su respectiva poesía. Desde entonces empecé a seguir la trayectoria de ambas con más atención.

Creo, de hecho, que aquel programa de televisión supuso un punto de inflexión en mi concepción del mundo de los poetas; hasta aquel momento, casi sólo había leído poesía de gente que ya había muerto, y esto me abrió todo un mundo de poesía de gente viva y joven –como yo– que estaban escribiendo cosas que yo consideraba apasionantes. No hace falta que añada nada sobre la calidad de la poesía de Elena, calidad que ha ido madurando con cada obra, siendo para mí especialmente interesante Tara, su obra más compleja y quizás más incomprendida.

Ignacio Vleming apareció en mi vida por casualidad, y como muchas de las cosas que me pasan últimamente, fue a través de las redes sociales. Al principio me llamó la atención su apellido –equivocadamente lo tomé por un moderno pseudónimo–, y luego el genial título de su obra Clima artificial de primavera, así que tuve que investigar y conocer más. Al saber que su obra estaba editada por La Bella Varsovia y que había sido galardonado con el Premio de Poesía Pablo García Baena, me decidí a leerle. Y no me defraudó. Y la casualidad hizo que nos encontráramos los dos un día por las calles de Lavapiés y que yo llevara encima su libro porque justo lo estaba leyendo. C’est la vie.

Espero que disfrutéis de los dos poemas que he elegido de ell@s ;)

 

Elena Medel (Chatterton, Visor, 2014)

Estamos realizando obras en el exterior. No utilizar esta puerta excepto en caso de emergencia

Madurar

era esto:

no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel

igual que un fruto antiguo.

Colchón justo para los dos; años que chocan la lengua contra los dientes una y

     otra vez que se tambalean en la boca

años

     del sentido incorrecto.

Con tres hilos de cabeza he tejido mi tiempo:

piensa en vosotros a mi edad, piensa en tres hilos de cabeza, qué te falta, qué

     te queda; piensa en tres hilos. Quizá

eso, madurar:

quizá Ulises boca abajo, quizá la orilla boca arriba,

eso que queréis me esperará diez años. Pensad en diez caídas; pensad en

diez hilos de cabeza. ¿Aquello? ¿La madurez? ¿Márchate, olor a lavavajillas,  

     déjame con mi sueño?

¿O quizá en la boca uvas para el postre del color

de la rodilla que cae al suelo,

de la rodilla que choca contra el suelo? Me tambaleo. Y era yo el zumo en la

     garganta, y era yo el frío, era yo

las uñas y el estómago, quién era yo en mis años

con tres, en mi tiempo con diez hilos de cabeza. Hasta mi habitación

por la escalera de incendios un hombre

y su sentido contrario. Diez hilos de cabeza, veinte hilos de su pecho atados a

     mi pecho,

juro que amé

los golpes de sus piernas. Digo que

madurar era esto: que no pude negarme, digo que mis tres hilos de nada entre

     los dedos, y juré chocar y el suelo

lo juré. Pensé al suelo la caída

y el choque contra el suelo. Pensé el aliento pensé dije

tres hilos de cabeza: tambaleo.

Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé

que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón

de la fruta que se pudre.

Ignacio Vleming (Clima artificial de primavera, La Bella Varsovia, 2016)

Para romper las normas del azar debes ser
   riguroso, seguir las instrucciones que vienen
   en la guía de viajes sin peligro y estar atento
   a las señales de tu carta astral y de la
   carretera.

Pon el intermitente antes de incorporarte en el
   carril de la autopista. Un telescopio te servirá
   si quieres consultar las estrellas del cielo.
   Hazlo siempre que tengas que elegir un
   camino. El cinturón mantendrá tus caderas
   pegadas al respaldo. Y aunque al ver un
   cometa parpadees feliz,
a rajatabla cumple lo que dicten los dioses.

No tomes decisiones muy arriesgadas.
No oses franquear los límites inciertos de la
   cuadrícula que encierra cada día.
No tientes al azar, ni dejes que el azar te tiente
   con su morbo: cadáver exquisito de trazos
   minuciosos, sexo sin compromiso a la hora
   de la siesta.

Debes ser riguroso, frío, casi quirúrgico, estoico
   como el héroe de la tragedia antigua;
al fin y al cabo resignarte a las normas de tu
   destino, por muy triste y gris que te parezca.

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