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Napoléon

Septiembre 30, 2017

Dentro de poco más de un mes, mi primer libro, Dejar de ser, verá la luz de la mano de Chiado Editorial. Eso quiere decir que dentro de nada podré enseñaros la cubierta, anunciaros cuándo estará disponible e invitaros a tod@s a la presentación del libro que haré en Madrid. Mientras tanto… y hasta que ese momento llegue, me gustaría dejaros uno de los diez poemas en prosa del libro.

«Napoleón» es uno de los primeros poemas que escribí de los que están incluidos en el poemario, y lo hice cuando ni siquiera pensaba en formar un libro con todo lo que iba escribiendo.

Habla de dejarse llevar, de sucumbir al sentimiento, de dejar atrás miedos y perder para poder ganar. Para poder dejar de ser.

Espero que os guste. Muy pronto podréis leer Dejar de ser completo.

Napoleón

Te mostraré el miedo
en un puñado de polvo

(T. S. Eliot)

Noche y luna formando una única taquigrafía. Taquigrafía del aire, del lamento.

Ahora es el momento de ver pasar los deseos. De otorgar vida a lo que nunca la tuvo.

¿Y qué más puedes esperar? ¿A qué vigilia recurrir?

En noches como ésta, en las que el olvido bien argumenta y el recuerdo mal se defiende, el cielo siente clamar a la incertidumbre.

Pero soy yo, no eres tú.

Soy yo, el que sonríe con boca de gato de Cheshire y relampaguea cien veces por minuto su mirada.

Soy yo, el que te toca y te mira como inhalando un embriagador perfume.

En esto no eres tú la fuerza hostil y opresora, sino la fugaz víctima; quizás perecedera, quizás inmortal.

Soy yo, en este baile del recuerdo, el que pide tu mano y recoge tu sonrisa para desplazarte por la improvisada pista, despertando envidias y recelos.

En esto ya no eres tú; nunca lo fuiste.

No fuiste tú quien hechizaste con tu afinada artillería a la ingenua caza. ¡Y ni siquiera recomendaste la tierra para aplacar el deseo!

Y entonces llegó Napoleón. Con él la rendición. Tras él, la virtual derrota.

Con ella llegó el hipotético final, uno como cualquier otro.

En el eterno girar del tiempo, en el circular movimiento del mundo conocido, aquel final no representó sino el principio de otra cosa. Porque no existe un fin único ni una sola posibilidad.

Uno siempre debe decidir entre luchar y rendirse, entre sucumbir o vencer. Pero el que piensa, el que escribe, el que aguarda, no quiere conocer el fracaso.

Porque al final sólo somos instinto mal disfrazado de razón. Animales camuflados en suaves cuerpos. Seres que respiran, aspiran y expiran.

Y yo aspiro a las estrellas.

J’aspire à l’instant précieux.

Aspiro al mar de la inconsciencia, a la desaparición del yo.

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